La mayoría de la gente lee para sentirse bien. Lee para confirmar lo que ya piensa. Lee para acumular títulos, subrayados, citas. Lee mucho y decide poco. Y después se pregunta por qué, a pesar de todo lo leído, repite los mismos errores, las mismas postergaciones, las mismas concesiones internas. No es un problema de libros. Es un problema de criterio.
Antes de que existiera cualquier podcast, cualquier video o cualquier producto, existía un cuaderno. Un diario. Y una conversación. Cuando empecé a escribirlo, un mentor me hizo una recomendación extraña pero precisa: ponéle un nombre. No para romantizarlo. Para poder dialogar. Me llevó tiempo encontrarlo. En ese momento estaba atravesando una búsqueda espiritual, no religiosa. Leía la Biblia, la Torá, el Talmud. No por fe. Por hambre. Buscaba algo que le diera forma a un vacío que no sabía nombrar.
El nombre que quedó fue Salomón. Salo, para los amigos. Y escribo con él desde hace veintiocho años. No por mística. Por función.
Un diario personal no es un altar ni un manifiesto moral. No es un lugar para quedar bien con uno mismo. Es un espacio de pensamiento en bruto. El único donde entran sin maquillaje la ambición, la contradicción, la lucidez, el error, el poder, el miedo y la responsabilidad. En ese terreno, Salomón encajaba mejor que nadie.
En mi búsqueda entendí que el Rey Salomón, piensa desde dentro del sistema mientras lo gobierna. Observa el poder sin idealizarlo. Escribe desde la tensión entre lo que funciona y lo que cuesta. Puede ser práctico en una línea y brutalmente existencial en la siguiente. Proverbios y Eclesiastés conviven porque la mente que decide también duda. Eso es exactamente lo que hace un buen diario.
"Llamarlo Salomón fue una declaración silenciosa. Acá no vengo a quedar bien. Vengo a pensar mejor. Acá no busco pureza. Busco criterio. Acá no me confieso. Me gobierno."
Declaración de Intenciones
Veintiocho años de conversación con el mismo cuaderno
Con el tiempo, esa forma de pensar se trasladó a los libros. Dejé de leer para acumular y empecé a leer para confrontar decisiones reales. Cada libro empezó a tocar algo concreto. Una narrativa que ya no cerraba. Un patrón que se repetía. Un error que había costado caro. Y todo eso se escribía. No para compartir. Para no mentirme. Esas notas existieron durante años sin ninguna intención comercial. Eran conversaciones privadas con Salomón. Fricción mental pura.
Cada episodio del podcast que hoy escuchas viene acompañado por un libro recomendado. Para muchos lectores, eso alcanza. El libro cumple su función. Para otros no. Algunos quieren ver qué pasó después de cerrar la tapa. Qué se movió. Qué se cayó. Qué dejó de poder justificarse. Para ellos existen estas notas.
Quienes acceden reciben dos cosas. Las notas personales de lectura de cada libro, tal como fueron escritas en su momento, sin pulirlas para agradar ni ordenarlas para enseñar. Y una carta mensual que acompaña esas lecturas. No una newsletter. Una carta. Donde explico por qué esas notas, por qué ahora, qué hilo invisible las conecta y qué tipo de preguntas conviene sostener ese mes. Esa carta no introduce contenido nuevo. Da contexto, orientación y sentido de recorrido.
Esto no es un resumen. No es una reseña. No es una curaduría de ideas clave. No es interpretación amable ni pedagogía. Son notas de lectura reales. Escritas desde el lugar de alguien que tuvo que decidir con información incompleta, asumir costos, equivocarse y volver a pensar desde cero más de una vez. No están pensadas para gustar. Están pensadas para sostener criterio cuando no hay aplauso.
La mayoría de los libros dicen cosas interesantes. Pocos te obligan a mirarte sin escapatoria. Y casi ninguno te muestra qué hacer con eso que viste. El valor no está en el contenido del libro. Está en el procesamiento. En cómo una idea atraviesa la vida real cuando deja de ser teoría. En lo que se sostiene y en lo que se rompe.
Estas notas se entregan con un ritmo humano. Cuatro por mes. No por escasez artificial, sino porque el pensamiento serio no se acelera sin degradarse. Cada nota tiene la extensión que necesita. Algunas son incómodamente breves. Otras se alargan porque no hay atajo honesto. No siguen estructuras fijas ni buscan cerrar redondo. Son rastros de pensamiento, no piezas de marketing.
Podés acceder a ellas de dos maneras. De forma individual, si hay un libro puntual que querés atravesar con más profundidad. O mediante una suscripción mensual que da acceso a todas las notas publicadas, a las nuevas entregas mensuales y a la carta que las acompaña. La diferencia no es económica. Es de intención. La compra individual es táctica. La suscripción es estratégica. Una responde a una necesidad puntual. La otra construye criterio en el tiempo.
¿Por qué pagar por esto si el libro ya existe? Porque el libro es el punto de partida. Esto es lo que pasa después. Porque leer sin procesar es acumular. Y acumular no ordena. Porque a veces no necesitás otro libro, sino ver cómo alguien pensó uno hasta el final sin correrse cuando empezó a incomodar.
¿Son resúmenes? No. Un resumen ahorra tiempo. Estas notas no. A veces lo cuestan. ¿Cuánto duran? Lo suficiente como para dejar un rastro útil. No están optimizadas para velocidad ni retención. Están escritas para que algo no pueda ser ignorado.
Esto no es para todo el mundo. La mayoría no lo necesita. Quien busca fórmulas rápidas, frameworks o validación externa se va a frustrar. Esto es para lectores que ya leyeron mucho y sienten que algo sigue faltando. Para quienes prefieren una mente trabajando antes que cien ideas prolijas. Para quienes entienden que pensar de verdad tiene costo.
No hay promesas de transformación. No hay urgencias fabricadas. No hay descuentos. Esto no se compra por impulso. Se elige.
Si este tipo de conversación con Salomón te representa, no hace falta explicar más. Si no, el libro alcanza. Y está bien así.














